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miércoles, 30 de enero de 2013

DE CÓMO PANCHITO MANDEFUÁ FUE A CENAR CON EL NIÑO JESÚS. José Rafael Pocaterra


I
A ti que esta noche irás a sentarte a la mesa de los tuyos, rodeado de tus hijos, sanos y gordos, al lado de tu mujer que se siente feliz de tenerte en casa para la cena de navidad; a ti que tendrás a las doce de esta noche un puesto en el banquete familiar, y un pedazo de pastel y una hallaca y una copa de excelente vino y una taza de café y un hermoso “Hoyo de Monterrey”, regalo especial de tu excelente vicio; a ti que eres relativamente feliz durante esta velada, bien instalado en el almacén y en la vida, te dedico este cuento de Navidad, este cuento feo e insignificante, de Panchito Mandefuá, granuja billetero, nacido de cualquiera con cualquiera en plena alcabala, chiquillo astroso a quien el Niño Dios invitó a cenar.

II

Como una flor de callejón, por gracia de Dios no fue palúdico, ni zambo, ni triste; abrióse a correr un buen día calle abajo, calle arriba, con una desvergüenza fuerte de nueve años, un fajo de billetes aceitosos y paltó de casimir indefinible que le daba por las corvas y que era su magnífico macferland de profundos bolsillos profundos, con bolsillito un pequeño para los cigarrillos, que era su orgullo, y que le abrigaba en las noches del enero frío y en los días de lluvia hasta cerca de la madrugada, cuando los puestos de los tostaderos son como faros bienhechores en el mar de niebla, de frío y de hambre que rodea por todas partes en la soledad de las calles, al pobre hamponcillo caraqueño. Hasta cerca de media noche, después de hacer por la mañana la correría de San Jacinto y del Pasaje y el lance de doce a una en las puertas de los hoteles, frente a los teatros o por el boulevard del Capitolio, gritaba chillón, desvergonzado, optimista:

-Aquí lo cargooo…El tres mil seiscientos setenta y cuatro, el que no falla nunca ni fallando, ¡archipetaquiremandefuá…!

El día bueno, de tres mil billetes y décimos, Panchito se daba una hartada de frutas; pero cuando sonaban las doce y sólo- después de soportar empellones, palabras soeces, agrios rechazos de hombres fornidos que toman ron- contaban en la mugre del bolsillo catorce o dieciséis centavos por pedacitos vendidos, Panchito metíase a socialista, le ponía letra escandalosa a “La maquinita” y aprovechaba el ruido de una carreta o el estruendo de un auto para gritar obscenidades graciosísimas contra los transeúntes o el carruaje del General Matos o de cualquiera de esos potentados que invaden la calle con un automóvil enorme entre una alarido de cornetas y una hediondez de gasolina…; y terminaba desahogándose con un tremendo “Mandefuá” donde el muy granuja encerraba como en una fórmula anarquista todas sus protestas al ver, como él decía, las caraotas en aeroplano.

Quiso vender periódicos, pero no resultaba; los encargados le quitaron la venta: le ponía el “mandefuá” a las más graves noticias de la guerra, a las necrologías, a los pesares públicos:

-Mira hijito- le dijeron- mejor es que no saques el periódico, tú eres muy Mandefuá.

III

Tuvo, pues, Panchito su hermoso apellido Mandefuá, obra de él mismo, cosa esta última que desdichadamente no todos son capaces de obtener, y él llevaba aquel Mandefuá con tanto orgullo como Felipe, Duque de Orleans, usaba el apelativo de Igualdad en los días un poco turbios de la Convención, cuando el exceso de apellidos podía traer consecuencias desagradables.

Pero Panchito era menos ambicioso que el Duque y bastábale su “medio real podrido”- como gritaba desdeñosamente tirándoles a los demás de la blusa o pellizcándoles los fondillos en las gazaperas del Metropolitano.

-Una grada para muchacho, bien ¡Mandefuá!

De sus placeres más refinados era el irse a la una del día, rasero con la estrecha sombra de las fachadas, y situarse perfectamente bajo la oreja de un transeúnte gordo, acompasado, pacífico; uno de esos directores de ministerio que llevan muchos paqueticos, un aguacate y que bajan a almorzar en el sopor bovino del aperitivo:

- El mil setecientos cuarenta y siete ¡mandefuá!

- Granuja ¡atrevido!

Y Panchito, escapando por la próxima bocacalle, impertérrito:

-Ese es premiado, ¡no se caliente mayoral!

El título de Mayoral lo empleaba ora en estilo epigramático, ora en estilo

Elevado, ora como honrosa designación para los doctores y generales del interior a quienes les metía su numeroso archipetaquiremandefuá.

Y con su vocablo favorito, que era panegírico, ironía, apelativo –todo a su tiempo-, una locha de frito y un centavo de cigarros de a puño comprado en los kioscos del mercado, Panchito iba a terminar la velada en el Metro con “Los misterios de Nueva York”, chillando como un condenado cuando la banda apresaba a Gamesson advirtiéndole a un descuidado personaje que por detrás le estaba apuntando un apache con una pistola o que el leal perro del comandante Patouche tenía el documento escondido en el collar. Indudablemente era una autoridad en materia de cinematógrafo y tenía orgullo de expresarlo entre sus compañeros, los otros granujas:

-Mira, vale, para que a mí me guste una película tiene que ser muy crema.

IV

Panchito iba una tarde calle arriba pregonando un número “premiado” como si lo estuviese viendo en la bolita… Detúvose en una rueda de chicos después de haber tirado de la pata a un oso de dril que estaba en una tienda del pasaje y contemplando una vidriera donde se exhibían aeroplanos, barcos, una caja de soldados, algunos diávolos, un automóvil y un velocípedo de “ir parado”… Y, de paso rayó con el dedo y se lo chupó, un cristal de la India a través del cual se exhibían pirámides de bombones, pastelillos y unos higos abrillantados como unas estrellas.

En medio del corro malvado, vio una muchachita sucia que lloraba mientras contemplaba regada por la acera una bandeja de dulces; y como moscas, cinco o seis granujas, se habían lanzado a la provocación de los ponqués y de los fragmentos de quesillo llenos de polvo. La niña lloraba desesperada, temiendo el castigo.

Panchito estaba de humor; cinco números enteros y seis décimos ¡ochenta y seis centavos! La sola tarde después de haber comido y “chuchado”… Poderoso. Iría al Circo que daba un estreno, comería hallacas y podría fumarse hasta una cajetilla. Todavía le quedaban dos bolívares con que irse por ahí, del Maderero abajo para él sabía qué… ¡Una noche buena crema!

Seguía llorando la chiquilla y seguían los granujas mojando en el suelo y chupándose los dedos…

Llegó un agente. Todos corrieron, menos ellos dos.

-¿Qué fue? ¿Qué pasó?

Y ella sollozando:

Que yo llevaba para la casa donde sirvo esta bandeja, que hay cena para esta noche y me tropecé y se me cayó y me van a echar látigo…

Todo esto rompiendo a sollozar.

Algunos transeúntes detenidos encogiéronse de hombros y continuaron.

-Sigan, pues- les ordenó el gendarme.

Panchito siguió detrás de la llorosa.

-Oye, ¿cómo te llamas tú?

La niña se detuvo a su vez, secándose el llanto.

-¿Yo? Margarita

-¿Y ese dulce era de tu mamá?

-Yo no tengo mamá.

-¿Y papá?

-Tampoco

-¿Con quién vives tú?

-Vivía con una tía que me “concertó” en la casa en que estoy.

-¿Te pagan?

-¿Me pagan qué?

Panchito sonrío con ironía, con superioridad:

-Guá, tu trabajo: al que trabaja se le paga, ¿no lo sabías?

Margarita entonces protestó vivamente:

-Me dan la comida, la ropa y una de las niñas me enseña, pero es muy brava.

-¿Qué te enseña?

-A leer… Yo sé leer, ¿tú no sabes?

Y Panchito, embustero y grave:

-¡Puah! Como un clavo… Y sé vender billetes, y gano para ir al cine y comer frutas y fumar de a caja…

-Dicho y hecho, encendió un cigarrillo… Luego, sosegado:

-¿Y ahora qué dices allá?

-Diga lo que diga, me pegan…- repuso con tristeza, bajando la cabecita enmarañada.

-¿Y cuánto botaste?

-Seis y cuartillo, aquí está lista- y le alargó un papelito sucio.

-¡Espérate, espérate!- le quitó la bandeja y echó a correr.

Un cuarto de hora después volvió:

-Mira, eso era lo que se te cayó, ¿nojerdá?

Feliz, sus ojillos brillaron y una sonrisa le iluminó la carita sucia.

-Sí… eso.

Fue a tomarla, pero él la detuvo:

- ¡No, yo tengo más fuerza, yo te la llevo!

-Es que es lejos- expuso tímida.

-¡No importa!

Por el camino él le contó, también que no tenía familia, que las mejores películas eran en las que trabajaba Gamesson y que podían comerse un gofio…

-Yo tengo plata, ¿sabes?- y sacudió el bolsillo de su chaquetón tintineante de centavos.

Y los dos granujas echaron a andar.

Los hociquillos llenos de borona, seguían charlando de todo. Apenas si se dieron que llegaban.

-Aquí es… dame.

Y le entregó la bandeja.

Quedarónse viendo ambos los ojos:

-¿Cómo te pago yo?- le preguntó con tristeza tímida.

Panchito se puso colorado y balbuceó:

-Si me das un beso.

-¡No, no! ¡Es malo!

-¿Por qué…?

-Guá, porque sí…

Pero no era Panchito Mandefuá a quien se convencía con razones como ésta; y la sujetó por los hombros y le pegó un par de besos llenos de gofio y de travesura.

-Grito…, que grito…

Estaba como una amapola y por poco tira otra vez la dichos dulcera.

-Ya está, pues, ya está.

De repente se abrió en ante portón. Un rostro de garduña, de solterona fea y vieja apareció:

¡Muy bonito el par de vagabunditos estos!- gritó.

El chico echó a correr. Le pareció escuchar a la vieja mientras metía dentro a la chica de un empellón.

-Pero, Dios mío, ¡qué criaturas tan corrompidas éstas desde que no tienen edad! ¡Qué horror!



V



¡Era un botarate! No le quedaban sino veintiséis centavos, día de Noche Buena… Quien lo mandaba a estar protegiendo a nadie…

Y sentía en su desconsuelo de chiquillo una especie de loca alegría interior… No olvidaba en medio de su desastre financiero, los dos ojos, mansos y tristes de Margarita. ¡Qué diablos! El día de gastar se gasta “archipetaquiremandefuá…

A las once salió del circo. Iba pensando en el menú: hallacas de “a medio”, un guarapo, café con leche, tostadas de chicharrón y dos “pavos rellenos” de postre. ¡Su cena famosa! Cuando cruzaba hacia San Pablo, un cornetazo brusco, un soplo poderoso y Panchito Mandefuá apenas quedó, contra la acera de la calzada, entre los rieles del eléctrico, un harapo sangriento, un cuerpecito destrozado, cubierto con un paltó de hombre, arrollado, desgarrado, lleno de tierra y de sangre..

Se arremolinó la gente, los gendarmes abriéndose paso…

-¿Qué es? ¿Qué sucede allí?

-¡Nada hombre! Que un auto mató a un muchacho “de la calle”

-¿Quién…? ¿Cómo se llama…?

-¡No sé sabe! Un muchacho billetero, un granuja de esos que están bailándole a uno delante de los parafangos…- informó, indignado, el dueño del auto que guiaba un “trueno”.



VII


Y así fue a cenar en el Cielo, invitado por el Niño Jesús esa Noche Buena, Panchito Mandefuá…


José Rafael Pocaterra
Valencia, Edo.Carabobo, Venezuela 18/12/1889 - Montreal, Canadá 18/04/1955


domingo, 23 de septiembre de 2012

Desde el comienzo

“Dios entonces le dijo su santo nombre, que nunca había sido comunicado a ningún hombre; por lo tanto no sería leal por mi parte que dijera nada más al respecto”.  JOSEFO.“Antigüedades Judías”, libro II, cap. XII, sec. 4.

 
          


           Tres Eones atrás,  El Demiurgo imprimía movimiento al universo a través de sus ideas perfectas, él no es creador. Es el impulsor del universo mismo.

Las ideas concebidas por El Demiurgo también contemplaban la posible existencia de cosas imperfectas que definió como materia. Él, en su infinita sabiduría de ser parte de la inteligencia perfecta o entidad divina y que conoce por derivación consecuencial todo el tiempo de lo ocurrido, más todo el tiempo de lo que ocurre, más todo el tiempo de lo que ocurrirá se compadeció de este concepto suyo: materia. Imprimió en ella parte de sus ideas obteniendo en consecuencia, los objetos universales que conforman nuestra realidad.

De la mano de YHWH logró la creación de la materia. YHWH es el creador. Perfeccionó esa idea perfecta al hacerla realidad. Logró explicar la separación existente en el mundo perfecto (alojado en las ideas de El Demiurgo) y el mundo real, que siendo imperfecto participa como copia de esa perfección.  --La existencia imperfecta de lo perfecto.--

La cumbre de esa creación fue el hombre. El hombre encierra dentro de sí lo máximo y plenipotenciario de las ideas de El Demiurgo y YHWH: únicas Deidades Universales Eeónicas.

De la mano de la infinita materia plasmada en el universo palpable, el hombre y La Tierra,  crearon los eónicos otro tipo de deidades: dioses de inferior jerarquía. Poderosos, pluriformes, inmortales de tiempo. Creados en principio para cuidar, (y regir con posterioridad), el tesoro guardado con recelo en el alma y corazón del hombre hasta que, llegado el momento, se transformara en el concepto originario: La concepción primaria de El Demiurgo.

Estas deidades, una vez creadas y siendo ellos mismos parte de la concepción originaria  de los eónicos que presentaban imperfecciones y envidiaron al hombre desde el primer momento... seres insignificantes, mortales, uniformes, perennes en la materia de la carne. Putrefactos al morir: imperfectos, y sin embargo, habían sido premiados con el poder máximo de El Todo.

Así comenzó la era de los hombres.

Desde sus primeros pasos, el hombre contó con el apoyo incondicional de sus dioses. Doce deidades regían el camino de los mortales. Estos tenían en su haber aquellos individuos nacidos bajo su influencia cósmica.

 Para poder llevar a cabo la función encomendada, cada una de las deidades   creó  un sistema jerárquico descendiente de seres mágicos. En realidad eran ejércitos divinos. La excusa era evitar “invasiones” de otros dioses  en otros universos. El objetivo real era tener fuerza disuasiva a los fines de evitar la destrucción entre ellos mismos. También crearon criaturas que influenciarían en decisiones humanas poniendo a prueba el temple, el coraje y la moral del hombre, demostrándole al consejo eónico que esa criatura no era merecedora de tan digno tesoro como ellos sí lo eran

  Caminaron juntos a los humanos en sus primeros tiempos. Poco a poco los iluminaron con las concepciones básicas del entorno terráqueo. Luego, por su cuenta, el hombre conceptualizó los mares y luego los cielos comprendiendo que su destino era escrito por los puntos titilantes del oscuro manto superior: el sol y las estrellas.

Oyendo a sus dioses y seducidos por sus consejos, los humanos emplearon la guerra. Cruentas batallas por ideales efímeros que se perderían con el tiempo. Dentro de estas batallas algunos hombres  se destacaron, destruyendo  las criaturas que los dioses habían creado con ese fin y fueron llamados Héroes como premio, ocupando un lugar en una historia que fue desechada.

De igual forma, esta casta de seres superiores, imperfectos, en su eterna envidia al regalo otorgado por la autoridad máxima, decidieron, (cada uno individual y simultáneamente), intentar obtener el tesoro oculto en el corazón de los hombres y basados en sus poderes comenzaron a influenciar de manera errónea en él. Esto no era oculto para YHWH quien todo lo veía. Con El Demiurgo a su lado procuró observar. Ambos sabían lo que ocurriría, pero cual seres perfectos llenos de esperanza, ansiaban que esas deidades rectificaran por su cuenta y desecharan sus pretensiones.

No fue así.

Las deidades menores fueron a la guerra. Una guerra cósmica que superaba la comprensión del pobre mortal y que influenció negativamente en  la  propia materia del ser humano. Pasaron millones de años y el hombre vivió en oscuridad.

Pero no solo hubo guerra entre ellos.

Algunas deidades menores amenazaron el reino absoluto de YHWH  y El Demiurgo. Suspirando y mirando compasivamente El Demiurgo  manifestó tristeza por lo que iba a ocurrir. A los fines de salvaguardar "El Todo" YHWH y El Demiurgo se fusionaron y siendo este último  el redondo perfecto de la idea fue quien se integrara a YHWH quedando éste como El Único y Supremo de todos.

Las deidades menores fueron cayendo asesinadas una a una. El poder infinito de YHWH traspasaba incluso la comprensión de estos seres que pecaron al querer para ellos el precioso regalo otorgado a la materia.

Millones de años después hubo de nuevo calma en el universo.

Ahora único y todopoderoso, YHWH  reordenaría El Todo. Conformó su Corte Celestial para comenzar el nuevo ciclo y darle curso a la era del hombre. Creó para sí Serafines y Querubines quienes estarían más cerca de Él. A las Dominaciones, Virtudes y Potestades para que vigilaran el Universo. Las Principalidades y Arcángeles serían, según su ministerio, los encargados de servirle directamente para cumplir misiones especiales. Por último, YHWH compasivo y conocedor asignó seres alados a cada uno de la especie humana. Serían denominados Ángeles de la Guarda o Custodios.

 Bajó a la tierra YHWH a constatar el estado del espíritu del hombre  y verificar si el regalo perfecto aun se mantenía en su corazón.

Se materializó en la tierra. Su forma era humana pero con el brillo de un millón de estrellas. A su derecha iban los Ángeles de la Misericordia. A su izquierda, los Ángeles de la Paz. Mientras con su mirada baja y frente a Él estaban los Ángeles del Castigo, con sus manos en la espada sosteniendo sus espadas de fuego esperando la orden.

Más atrás iban los Querubines resguardando la pertenencias e ideas de YHWH, cual edecanes que se encargaban de sus cosas, entre ellas el Árbol de la Vida.

En himno omnipresente y a cada paso de YHWH se escuchaban a los Serafines entonar el Trisagión y era oído en cada rincón de La Tierra.

Encontró entonces YHWH al hombre. Sin espíritu, sin vida. Duro como estatua. Miró a su alrededor buscando otras especies de la materia. El ser -perfecto – imperfecto -  que había creado, se retrotrajo hasta el punto de convertirse en simple imperfección. Pero en el corazón de la hoy estatua de piedra titilaba casi extinto el regalo dado en el inicio de los tiempos. Maldijo a las deidades menores destruidas. Su voz resonó en toda la tierra.

Ordenó a los Ángeles del Castigo retornar al cielo. –No hay ser a quien castigar- Dijo.

Con una mirada penetrante pero compasiva atrajo a los Querubines. Ellos le entregaron en su mano el Árbol de la Vida. Un Arcángel se apresuró abrir un hoyo en la tierra. Entonces YHWH colocó las raíces del Árbol en el suelo mortal ante la mirada atónita de los Querubines, quienes de ahora en adelante tendrían muy poco que custodiar.

Al tapar las raíces con tierra una explosión de colores subió al cielo. El Trisagión sonaba aún más poderoso y en cascadas millonarias los colores contagiaron todo lo materialmente visible: al piso verde, al mar y al cielo azul. Grises, marrones, rojos… en fin; toda una gama de colores impregnaron el mundo.

Sin embargo aún permanecían oscuros e inmóviles los primeros humanos. Olvidados y maltratados por las pretensiones de las deidades destruidas.

 Con un basculo en mano YHWH bajó su luminosidad y se colocó al lado de una de ellas. Una lágrima corrió por su mejilla. Un Ángel Custodio la tomó y posó el sagrado líquido en el corazón de aquella estatua negra e inerte.

Todos esperaban excepto YHWH (quien ya sabía lo que ocurriría). Él se fue a recorrer su creación mientras los demás miembros de la corte se mantenían inmóviles frente al humano. Súbitamente y para el susto de quienes lo observaban tosió de manera estruendosa volviendo a su cuerpo el suspiro del aire y de la vida.

Solo había utilizado una lágrima. Faltaban miles. Se acercó un Arcángel y le dijo: -Señor, ¿acaso dejarás sin vida al resto de los humanos?- YHWH contestó: -Hay que empezar todo de nuevo-. Sin esperar mucho tiempo tomó su basculo y golpeó con su extremo el suelo. Tronó el cielo y su bóveda se abrió para dejar salir millones de rayos o centellas que golpearon individualmente a cada uno de los seres inmóviles y una onda explosiva - sonora circunferencial- partió desde Él, transformando todas las estatuas oscuras en cenizas que fueron a parar a las orillas de los mares.

Comenzó la tarea de la corte. Cada uno empeñaba su función. YHWH se acercó al mortal y le dijo: -Eres el primero. Yo Soy el que Soy-. El hombre le sonreía mientras Él le posaba su mano en el costillar…

Lo demás es historia.

 

Kennet Koesling Durán

Febrero 2007- Diciembre 2008.